MIENTRAS EL MUNDO ESTABA EN PAUSA: REINA CASTRO

De pronto llegó el día en el que dejamos de correr, ya no hubo prisa por estar a tiempo, en el trabajo, en la escuela, en el café…

Todo afuera dejó de tener el primer lugar en nuestra vida, las prioridades exaltadas cambiaron, se transformaron en una sola: ¡salvar a la humanidad!

Y no era cosa de héroes, ni de gobiernos ni clase dominante, ni era de unos cuantos…

Era cosa de todos, ¡de todos!, desde el más pequeño al más grande, del más pobre al más rico, del más ignorante al más culto, del acompañado y del solitario… del sano y del enfermo… del triste y el feliz…

Sin embargo, no existía igualdad de condiciones, quedarse en casa no era posible para todos; el rico tiene una gran ventaja, la clase media, posibilidades, pero, el pobre, el que vive al día o el que mendiga no podía con tal proeza, o se arriesgaba o moría de hambre y de tristeza.

Pero México, ¡mi México!, el que se une en la desgracia, el que se solidariza, el empático, el que ama… el que se ama y sabe amar al vecino, al pobre, al desvalido, al enfermo, al caído, y hasta por el enemigo reza…

México no esperó el toque de queda, esta vez aprendió de los más desafortunados, de los países que, con todo y su riqueza de primer mundo, de pronto se encontraron desolados, desgarrados por la mortandad de la epidemia, suplicando a los otros que creyeran, que no esperaran la orden oficial y escucharan la de su corazón y el sentido común.

No había tiempo para esperar noticias peores, aun así, retumban en todo el país estas palabras: “Es nuestra última oportunidad de salvarnos, ¡quédate en casa!”

Y mi México, el que se ama y sabe amar a los demás, antes de la tempestad más fuerte, ya estaba dando la mano al necesitado, al anciano solo, al niño de la calle, al “cerillo”, al parquero, al migrante, a las familias vulnerables, a los menos afortunados, al desprotegido…

¡Y el extraño se convirtió en hermano!

Mientras el mundo estaba en pausa, cada mexicano, desde su casa, provocó que milagros sucedieran.

El sol brilló con más fuerza, los vientos llegaron, limpiaron y se fueron. Las calles solas, pero llenas… de amor, de empatía, de energía sanadora enviada desde cada hogar; la madre que ora, el padre que sostiene, los hijos que obedecen y valoran.

México, tan cerca del país con más contagios, pero cubierto por legiones de ángeles, de frontera a frontera.

México, el cielo te ama y, como en cada contingencia, ondea tu bandera en señal de victoria.

¡No bajes la guardia!

El virus está muriendo, y haremos fiesta de abrazos, de metro a metro y kilómetro a kilómetro por tu bendita tierra.

¡México, mi México!

Reina Castro

Escritora mexicana

D. R. ©

** Dicen que no es así al 100 %, que hay desmanes, desacatos e inconsciencia, pero, yo hablo del México que siente, que ama y que vibra por su tierra.

 

Artículos Relacionados